Cada día nos topamos con diferentes síntomas relacionados al comportamiento, con padres que se preguntan si su hijo tiene un problema real o si simplemente es un niño con mucha energía. Uno de los síntomas más comunes que nos encontramos es la hiperactividad, que puede estar en relación con posibles trastornos o diagnósticos. Pero, ¿cómo se identifica la hiperactividad y de qué manera está relacionada con el TDAH?

La hiperactividad, a veces también llamada trastorno hipercinético, es un trastorno que afecta sobre todo a niños y adolescentes y que en muchas ocasiones –pero no siempre– va ligado a problemas atencionales: es lo que conocemos como TDAH (Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad). Una persona hiperactiva se mueve constantemente, presenta movimientos nerviosos de los pies, las manos o la cabeza, camina de un lado a otro sin aparente sentido, habla demasiado, interrumpe a los demás, tiene dificultad para realizar actividades tranquilas como la lectura o el estudio…

Sin embargo, la hiperactividad, como trastorno, no siempre es fácil de identificar, definir y medir, especialmente en los niños. Muchos niños suelen tener tasas de actividad muy elevadas pero, en la gran mayoría de los casos, esa conducta aparentemente hiperactiva no tiene una raíz patológica. De hecho, que el comportamiento de un niño sea calificado como “hiperactivo” por su entorno dependerá en gran medida de la propia subjetividad del observador: lo que a unos puede parecer un comportamiento alarmante, a otros les parecerá normal. De ello se desprende la necesidad de disponer de métodos diagnósticos objetivos y precisos, que permitan decidir el tratamiento más adecuado a cada caso. En este sentido, herramientas como BGaze Light o BGaze Clinic  son de una enorme utilidad.

Esas subjetividad y dificultad para apreciar el problema, es probablemente una de las causas de que la hiperactividad y el déficit de atención no hayan sido considerados como una trastorno de conducta hasta la segunda mitad del siglo XIX y de que las primeras explicaciones médicas no hayan llegado hasta los inicios del siglo XX. Incluso el DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) ha ido cambiando la definición de TDAH en cada nueva edición. No es hasta la década de los 90 del siglo pasado cuando las siglas TDAH se empiezan a popularizar y discutir entre la población general. La idea común de que los niños siempre son inquietos, sumada a la reticencia de los padres a medicar a sus hijos por conductas que no terminan de ver como un trastorno, crean un debate social en torno al TDAH que, a pesar de los avances realizados, parece que para algunos aún no se ha cerrado por completo.

Y sin embargo, la hiperactividad, sumada a un trastorno atencional, puede tener efectos graves en la vida diaria de la persona que la padece. Dificultades para relacionarse socialmente, problemas de rendimiento académico o en el trabajo, adicción a diferentes tipos de drogas, comportamientos irreflexivos y temerarios…

Además, la persona hiperactiva suele mostrar también un alto grado de impulsividad; es decir, es incapaz de inhibir sus respuestas o reacciones inmediatas ante un estímulo externo. Hacen o dicen lo primero que se les viene a la cabeza, sin ponderar las posibles consecuencias, lo cual suele acarrear tanto problemas de ajuste social, como comportamientos de riesgo y accidentes fatales.

Si bien en los casos de TDAH en niños, el componente hiperactivo del trastorno suele ir descendiendo durante la adolescencia y en muchos casos desaparece al llegar a la edad adulta, los problemas atencionales continuarán de manera crónica.

Ya en la edad adulta un elevado porcentaje de pacientes con TDAH presenta algún trastorno comórbido (hasta un 75%, según Biederman et al., 1993), como ansiedad, depresión, abuso de drogas, trastorno por tics o trastorno bipolar. Así por ejemplo, un estudio dirigido por Jenssen en 2001 cifra en un 30% el número de adultos con TDAH que sufren de trastornos de ansiedad; un 22% los padecen un trastorno depresivo mayor, y un 20% los que sufren de adicciones. Barkley et al. (2002) elevan la tasa de adicciones hasta un 25-50%.

Igual que el TDAH, estas comorbilidades por lo general tienen una base genética.

 

Hiperactividad y déficit de atención

Como hemos mencionado, la hiperactividad y los problemas de atención muchas veces se unen en el TDAH. Sin embargo, hiperactividad y TDAH no son lo mismo, ni existe entre ambos trastornos una relación unívoca. Por una parte, el trastorno de déficit de atención puede darse con o sin hiperactividad (en cuyo caso hablamos de TDA). Por otra, la hiperactividad también puede deberse a causas ajenas al TDAH, como problemas del sistema nervioso central o el cerebro, trastornos emocionales o incluso problemas glandulares como el hipertiroidismo.

Esto hace que la precisión del diagnóstico resulte aún más importante, si cabe, a la hora de elegir un tratamiento adecuado. En este sentido, las nuevas tecnologías están empezando a ser aplicadas con éxito en el proceso diagnóstico y no hay duda de que tendrán mucho que decir en el futuro inmediato.